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Bolsonaro supera los sondeos y fuerza una segunda vuelta contra Lula en Brasil

Especial para Infobae de The New York Times.

Dos titanes políticos se enfrentarán a finales de este mes en unas elecciones que se consideran una prueba importante para una de las mayores democracias del mundo.

RÍO DE JANEIRO —Durante meses, encuestadores y analistas habían dicho que el presidente Jair Bolsonaro estaba destinado al fracaso. Se enfrentaba a una desventaja amplia e inquebrantable en la contienda presidencial de Brasil, y en las últimas semanas, las encuestas habían sugerido que incluso podría perder en la primera ronda, con lo que habría concluido su presidencia después de solo un mandato.

En cambio, era Bolsonaro quien estaba celebrando. Aunque el contendiente, Luiz Inácio Lula da Silva, un expresidente de izquierda, terminó la noche con más votos, Bolsonaro superó con creces los pronósticos y envió la contienda a una segunda vuelta.

Da Silva recibió el 48,4 por ciento de los votos el domingo, frente al 43,23 por ciento de Bolsonaro, con el 99,87 por ciento de los votos contados, según la agencia electoral de Brasil. Da Silva necesitaba superar el 50 por ciento para ser elegido presidente en la primera vuelta.

Se enfrentarán el 30 de octubre en la que se considera la votación más importante en décadas para el país más grande de América Latina.

Esto se debe en parte a las visiones dramáticamente distintas que los dos candidatos plantean para este país de 217 millones de habitantes, y también a que Brasil enfrenta una serie de desafíos en los años por venir, entre ellos las amenazas ambientales, el aumento del hambre, una economía inestable y una población profundamente polarizada.

Pero la elección también ha llamado la atención en Brasil y en el extranjero porque ha supuesto una gran prueba para una de las mayores democracias del mundo. Bolsonaro ha criticado las máquinas de votar del país, ha dicho que están plagadas de fraude —a pesar de que no haya pruebas de ello— y había insinuado que la única forma en la que perdería era si la elección resultaba amañada.

Bolsonaro le dijo a los periodistas el domingo por la noche que había “superado las mentiras” de las encuestas y que sentía que ahora tenía una ventaja en la segunda vuelta. Incluso con los resultados favorables, también sugirió que podría haber habido fraude y advirtió que esperaría a que los militares verificaran los resultados.

“Nuestro sistema no está blindado al 100 por ciento”, dijo. “Siempre existe la posibilidad de que suceda algo anormal en un sistema completamente computarizado”.

Durante meses, Bolsonaro había dicho que las encuestas estaban subestimando su apoyo y como evidencia apuntaba a sus enormes mítines. Sin embargo, todas las encuestas confiables lo mostraban en desventaja. El domingo quedó claro que tenía razón. Con la mayoría de los votos contados, se desempeñó mejor en los 27 estados de Brasil de lo que Ipec, una de las encuestadoras más prestigiosas de Brasil, había pronosticado un día antes de las elecciones, al exceder las proyecciones por al menos ocho puntos porcentuales en 10 estados.

Parece que los encuestadores estimaron mal la fuerza de los candidatos conservadores en todo el país. Los gobernadores y legisladores respaldados por Bolsonaro también superaron las expectativas de las encuestas y ganaron muchas de sus contiendas el domingo.

Cláudio Castro, gobernador del estado de Río de Janeiro, fue reelecto de forma contundente, con el 58 por ciento de los votos, 11 puntos porcentuales por encima de lo previsto por el Ipec. Al menos siete exministros de Bolsonaro también fueron elegidos para el Congreso, entre ellos su exministro de Medioambiente, quien supervisó la deforestación vertiginosa en la Amazonía, y su exministro de Salud, quien fue criticado de manera generalizada por la demora de Brasil al comprar vacunas durante la pandemia.

Antonio Lavareda, el presidente de Ipespe, otra gran encuestadora, defendió la investigación de su empresa al indicar que había predicho que Da Silva terminaría con 49 por ciento, frente al 48 por ciento que obtuvo.

Sin embargo, Ipespe también anticipaba que Bolsonaro recibiría el 35 por ciento del voto, más de 8 puntos porcentuales abajo del apoyo que en realidad recibió. El margen de error de la encuesta era de 3 puntos porcentuales. (Dicha tendencia se notó en todas las encuestas: fueron casi exactas en lo referente al apoyo a Da Silva, pero muy desacertadas sobre Bolsonaro).

Lavareda especuló que muchos votantes que dijeron que votarían por candidatos menos populares al final se inclinaron por Bolsonaro, o que habían mentido en las encuestas.

Afuera de la casa de Bolsonaro, en un barrio acomodado junto a la playa en Río de Janeiro, sus seguidores se reunieron para celebrar, bailar y beber cerveza. Muchos llevaban la camiseta verde amarela de la selección nacional de fútbol de Brasil, que se ha convertido en una especie de uniforme para muchos de los seguidores de Bolsonaro. (El presidente usó una para votar, sobre lo que parecía ser un chaleco antibalas o un chaleco protector).

“Esperábamos que tuviera una ventaja del 70 por ciento” de los votos, dijo Silvana Maria Lenzir, de 65 años, una mujer jubilada que llevaba calcomanías del rostro de Bolsonaro que cubrían su pecho. “Las encuestas no reflejan la realidad”.

Aún así, durante las próximas cuatro semanas, Bolsonaro tendrá que recuperar terreno frente a Da Silva, quien obtuvo más votos el domingo. El presidente de derecha está tratando de evitar convertirse en el primer presidente en funciones que pierde la reelección desde el inicio de la democracia moderna en Brasil, en 1988.

Al mismo tiempo, Da Silva intenta completar un sorprendente resurgimiento político que hace años parecía impensable.

Aunque terminó la noche como el candidato más votado, el discurso que pronunció ante sus seguidores tomó un tono sombrío. Pero dijo que agradecía la oportunidad de debatir ahora con Bolsonaro frente a frente.

“Podemos comparar el Brasil que él construyó y el Brasil que construimos nosotros”, dijo. “Mañana comienza la campaña”.

Antiguo obrero metalúrgico y líder sindical que estudió hasta quinto grado, Da Silva dirigió Brasil durante su auge en la primera década del siglo. Luego fue condenado por cargos de corrupción después de dejar el cargo y pasó 580 días en prisión. El año pasado, el Supremo Tribunal Federal anuló esas condenas, al dictaminar que el juez de sus casos era parcial, y los votantes apoyaron al hombre conocido simplemente como Lula.

Los dos hombres son los políticos más prominentes —y polarizantes— del país. La izquierda brasileña ve a Bolsonaro como una amenaza peligrosa para la democracia del país y su posición en la escena mundial, mientras que los conservadores del país ven a Da Silva como un exconvicto que fue parte central de un vasto esquema de corrupción que ayudó a corromper las instituciones de Brasil.

Da Silva, de 76 años, propone a los votantes un plan para aumentar los impuestos a los ricos a fin de ampliar los servicios para los pobres, incluido un aumento al salario mínimo y alimento y vivienda para más personas.

Da Silva ha hecho su campaña con promesas amplias para un futuro mejor, que incluye el compromiso de que los brasileños disfruten de tres comidas al día. Sus mítines se han apoyado mucho en su imagen de hombre común, con bastantes referencias a la cerveza, la cachaza y la picaña, el corte de carne más famoso de Brasil.

Bolsonaro, de 67 años, ha basado su campaña en proteger las tradiciones conservadoras de Brasil de lo que califica como amenazas de las élites de izquierda. Su lema de campaña fue “Dios, familia, patria y libertad”, y prometió luchar contra cosas como la legalización de las drogas, el aborto legalizado, los derechos de las personas transgénero y las restricciones a la libertad de religión y de expresión.

Además, Bolsonaro quiere aumentar aún más el acceso a las armas de fuego, repitiendo en su discurso de campaña que “las personas armadas nunca serán esclavizadas”. Uno de sus principales logros durante su primer mandato fue el aumento vertiginoso de la posesión de armas.

Para enfrentar la amplia brecha que mostraban las encuestas, Bolsonaro amplió recientemente los programas de bienestar social para las familias pobres y se comprometió a continuar con esas políticas durante su segundo mandato.

Bolsonaro también ha dicho que quiere vender la compañía petrolera estatal de Brasil, facilitar la explotación minera en la selva amazónica y seguir reduciendo las regulaciones de la industria. Muchas empresas han acogido con agrado el enfoque de libre mercado de Bolsonaro, pero ha provocado un aumento de la destrucción medioambiental.

La elección podría tener importantes consecuencias para la mayor selva tropical del mundo. Aunque Bolsonaro ha dicho que tomará medidas enérgicas contra las violaciones al medio ambiente, ha recortado los fondos y el personal de los organismos encargados de hacer cumplir las leyes medioambientales, al tiempo que ha puesto en duda las estadísticas que muestran la destrucción de la selva durante su primer mandato.

Da Silva hizo campaña con la promesa de erradicar la minería y la tala ilegales, y dijo que presionaría a los agricultores para que utilizaran las zonas de la selva que ya habían sido taladas.

La elección de Da Silva ampliaría una serie de victorias de la izquierda en toda América Latina, alimentada por una ola de reacción contra los gobernantes en el poder. Si es elegido, seis de los siete países más grandes de la región habrán escogido líderes de izquierda desde 2018.

El primer mandato de Bolsonaro ha estado marcado por la agitación, incluidos enfrentamientos con los tribunales, escándalos de corrupción y una pandemia que mató a más personas que en cualquier otro lugar, excepto Estados Unidos. Pero lo que ha alarmado a muchos brasileños y a la comunidad internacional han sido sus insinuaciones de que no abandonará el poder si no gana.

El año pasado, Bolsonaro dijo a sus partidarios que había tres resultados en las elecciones: gana, lo matan o lo arrestan. Luego añadió: “Díganle a los bastardos que nunca seré apresado”.

Bolsonaro lleva años poniendo en duda la seguridad del sistema de votación electrónica de Brasil, a pesar de que no ha habido pruebas de un fraude generalizado en el sistema desde que Brasil empezó a usarlo a finales de los años noventa.

Cuatro días antes de la votación del domingo, su partido político publicó un documento de dos páginas en el que afirmaba, sin pruebas, que algunos trabajadores y contratistas del gobierno tenían el “poder absoluto de manipular los resultados electorales sin dejar huella”. Los funcionarios electorales respondieron que las afirmaciones “son falsas y deshonestas” y “un claro intento de obstaculizar y trastocar” las elecciones.

Un día después, en el debate final antes de la votación del domingo, se le preguntó a Bolsonaro si aceptaría los resultados de las elecciones. No respondió.

Flávia Milhorance y Manuela Andreoni colaboraron con reportería desde Río de Janeiro, y André Spigariol desde Brasilia.

Flávia Milhorance y Manuela Andreoni colaboraron con reportería desde Río de Janeiro, y André Spigariol desde Brasilia.

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