Con la llegada de la primavera, miles de personas comienzan a sufrir alergias estacionales, una de las afecciones más comunes de la estación. El incremento del polen proveniente de árboles, gramíneas y malezas, sumado a la proliferación de ácaros, provoca estornudos, congestión, ojos llorosos y, en casos más severos, crisis asmáticas.
El cambio climático tiene un rol clave en esta tendencia: el aumento de las temperaturas adelanta la floración y prolonga la presencia de polen en el aire. A esto se suma la contaminación urbana, que genera un microclima capaz de intensificar la irritación de las vías respiratorias y amplificar las reacciones alérgicas.
La exposición prolongada a partículas contaminantes, combinada con el polen, incrementa la sensibilidad del sistema inmunológico y potencia los síntomas, advierten especialistas.
El diagnóstico de las alergias estacionales se realiza mediante pruebas clínicas, como análisis de sangre o test cutáneos. El tratamiento incluye antihistamínicos, corticoides nasales y, en casos avanzados, inmunoterapia. Además, se recomienda reducir la exposición al polen cerrando ventanas, evitando actividades al aire libre en días ventosos y utilizando filtros de aire.
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