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El relato de una médica de Terapia Intensiva COVID del Hospital Rawson: “Hubo momentos de desesperación” – Telesol Diario

La Terapia Intensiva COVID del Hospital Rawson fue el espacio en donde la pandemia se sintió con más fuerza en San Juan. Durante los tres meses más difíciles, médicos y enfermeros lucharon para salvar vidas en medio del pico de contagios. “Hubo momentos de desesperación. Sentía que a veces una se desbordaba, por la falta de recursos”, dice Ana Paula Tripolone, una médica de 35 años.

Paula, como prefiere que le digan, se recibió en 2008 de la Universidad Católica de Cuyo, hizo guardias en clínicas privadas y después hizo la residencia en cardiología, que terminó en 2015, en el Hospital Marcial Quiroga.

“Hemos trabajado a cama caliente, porque salía un paciente y entraba otro”

Trabajó dos años en un centro de salud hasta que en 2017 llegó a su lugar en el mundo: la Unidad Coronaria del Hospital Guillermo Rawson. “Siempre quise trabajar en coronaria, ya sea del Rawson o del Marcial Quiroga”, asegura la profesional que también cuenta que le “gusta mucho ejercer en la parte pública”.

Por la emergencia sanitaria tuvo que salir de su área y pasar al sector de pacientes críticos de COVID-19, en donde colabora día a día con sus compañeros para recuperar a los más afectados por el nuevo virus, algo que representa la exigencia más importante de su carrera.

Dábamos de alta a un paciente y ahí nomás se ocupaba ese lugar. Hemos trabajado a cama caliente en septiembre, octubre y noviembre”, relata la joven.

En marzo, Salud Pública activó el plan de contingencia y Tripolone pasó a formar parte de la UTI COVID. “Es un gran desafío, porque de repetente fui a trabajar con pacientes con problemas respiratorios severos y con todos los equipos de protección para evitar contagios”, asegura.

Paula cuenta que ingresa a la “sala de terapia con todo el equipo y entre paciente y paciente positivo hay que cambiarse los guantes de látex”. Pero si la persona no está infectada, el cuidado es aún mayor: “Si es negativo, nos cambiamos todo el equipo antes de atender, para no contagiar al paciente”.

“El mayor miedo fue el de llevarle el virus a nuestras familias”

“Todos en el hospital pasamos por varias etapas. Primero, en febrero creímos que no iba a ser tan grave, pensamos que iba a ser como la Gripe A. Pero en marzo vimos que era grave y tuvimos miedo. El mayor miedo fue el de llevarle el virus a nuestras familias y que nos aislaran de ellos para poder trabajar en la pandemia, como pasó en otros lugares”, recuerda la profesional.

Paula es mamá de Joaquín (5 años), Sebastián (4) y Nicolás (1). Su esposo, Germán Rodríguez (37), cuida a los niños cuando ella sale a luchar contra la pandemia. “Desde el principio le dije que lo más probable era que iba a tener que trabajar con pacientes críticos de COVID-19”, cuenta sobre las conversaciones que tuvo la pareja, en su casa de Rivadavia, cuando llegó el coronavirus a la Argentina.

Tripolone (izquierda), junto a dos compañeras de trabajo.

“Yo llego a mi casa ya bañada y cambiada desde el hospital. Me saco las zapatillas en el lavadero y también dejo para lavar la ropa de trabajo que llevo en un bolso, me pongo otra ropa y recién ahí voy a ver a los chicos. Ha sido un cambio en muchas cosas”, explica sobre la nueva vida que lleva en su casa.

“Mis hijos lo entendieron muy bien. Les dijimos que no podían salir y lo asumieron”, cuenta la joven, quien además aclara que trabajando en el área COVID se siente tranquila “porque es tanto el equipo de seguridad” que se colocan que hace que el cuidado sea “efectivo”.

En marzo, cuando San Juan todavía no tenía infectados, el área crítica del Hospital Rawson empezó a trabajar como si hubiera casos. Eso -dice Tripolone- fue un “aprendizaje muy grande” que sirvió cuando en agosto se produjo el brote en Caucete.

Los momentos más duros fueron cuando tuvo que asistir a colegas que se habían contagiado.

“El miedo siempre estuvo en que los recursos fueron muy escasos. Si alguno se contagiaba había que aislar los recursos, entonces siempre hemos estado muy al límite“. La médica estuvo aislada algunas veces por precaución y esperando el resultado de algún hisopado, pero ningún test le dio positivo.

A pesar del temor que le provocó la posibilidad de llevarle el virus a sus hijos, la médica asegura que nunca pensó en renunciar en medio de la pandemia. “Tenía pensado que si me llamaban para estar en terapia iba a estar”, dice.

Paula cumple con las guardias de los viernes. Allí algunos de los momentos más duros fueron cuando tuvo que asistir a colegas que se habían contagiado y estuvieron en grave estado. “Eso era difícil”. Pero además, como todos los médicos de terapia de San Juan, vio a personas que no pudieron salvarse.

Todos dimos lo mejor, entonces tuvimos mucho agotamiento físico y mental. Son esfuerzos que a veces surten efecto y otras veces no. Este no es un virus de mortalidad alta, pero de los pacientes que llegan a terapia con ventilación mecánica hay varios que no llegan bien”, explica.

Paula dice que a veces los médicos se sienten “un poco solos” en esa primera línea de batalla, pero asegura que se acompañan entre ellos y que en su guardia “se armó un grupo de trabajo muy lindo”.

“Hacemos muchas cosas que no son reconocidas”

Trabajar en la pandemia, para Tripolone fue como un nuevo egreso en su carrera, “con un aprendizaje muy grande”. “Cada uno quiere volver a su servicio. Pero personalmente no ha sido una mala experiencia”, dice la médica que el miércoles se colocó la vacuna rusa en el estadio Alto Cantoni.

Hacemos muchas cosas que no son reconocidas, retribuidas o remuneradas. La parte de salud debe ser valorada antes de que pase una pandemia, prever el recurso humano y material”, apunta en medio de un contexto difícil para enfermeros y médicos.

Cuando veía que había gente que no cumplía con los protocolos, que hacía reuniones clandestinas o que no respetaba el distanciamiento ni usaba tapabocas, dice que le “chocaba un poco, porque una veía cómo podía terminar un paciente critico”. Esa frustración se sumaba al cansancio en personas que no tuvieron vacaciones durante el 2020.

Tripolone aclara que en esta emergencia sanitaria, los médicos aprendieron a trabajar más en equipo y opina que desde ahora ya “no se debe pensar en especialidades apartadas entre sí” sino interrelacionadas, como el trabajo que aplican por estos días.

Además de ejercer en el lugar más importante para la atención de pacientes con coronavirus en la provincia, la joven también trabaja en un consultorio. El amor por su profesión le viene de familia, porque su papá es el médico Juan Antonio Tripolone (67), que está jubilado pero sigue atendiendo en forma particular.

“Por ser persona de riesgo a su edad, le dije ‘no trabajés o trabajá menos’. Pero para él esto es su vida. Entonces llegamos al acuerdo de que iba a trabajar con todo el equipamiento: bata, cofia, barbijo y la máscara facial”, cuenta. “Eso tenemos los que somos personal de salud, uno siente que lo debe hacer. Además él estudió mucho sobre el COVID”, asegura.

En este tiempo, Paula ayudó a Juan Antonio con sus pacientes y para poder ir a su casa, en donde vive con Celia Aguirre (60), su mamá, tuvo que esperar el resultado de algún test.

“Es muy importante todo lo que he aprendido en estos meses”

Después de varios meses de ir sólo del trabajo a su hogar, la mujer empezó a salir un poco más con sus hijos y su esposo. Para recargar energías antes de volver a la primera línea de batalla pasea con su familia en bicicleta, sale a caminar o hace ejercicios en su casa.

Amante de la biología y de todas las ciencias naturales en la escuela secundaria, Paula eligió la medicina también para “ayudar a las personas a salvar sus vidas”. “Pasé 4 años en Unidad Coronaria para aprender a ser cardióloga y un día pasé a Terapia Intensiva para atender a las personas con coronavirus. Es muy importante todo lo que aprendí en estos meses”, dice con orgullo.

Con 35 años sabe que es parte de una generación de médicos que quedará en la historia. Y, en un país en donde abunda la idolatría hacia los deportistas, por una vez ella y sus colegas pasaron a ser el centro de la admiración. Una especie de soldados vestidos de blanco que fueron a una guerra contra un virus altamente contagioso, aún arriesgando sus vidas y las de sus familias, para salvar a otros.

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