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Paradojas bolivianas: un final no apto para fanáticos y la duda sobre los aprendizajes

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El ex presidente de Bolivia, Evo Morales, junto al presidente electo, Luis Arce
El ex presidente de Bolivia, Evo Morales, junto al presidente electo, Luis Arce

Si uno aislase en un laboratorio lo sucedido en Bolivia en las últimas 48 horas podría creer que estamos ante una de las democracias más avanzadas y sistemas republicanos más consolidados del mundo. Una jornada electoral absolutamente pacífica con la participación masiva de ciudadanos de todos los rincones del país seguida por el reconocimiento de los resultados por parte de los ganadores y perdedores pocas horas después de terminados los comicios apenas con los datos de los boca de urna y a pesar de que el lento escrutinio oficial todavía contradice esos números.

Nada hacía augurar un final semejante para el dramático y belicoso derrotero que vivió el país en el último tiempo. Pero al fin y al cabo, no es sólo más que la última vuelta de tuerca a un proceso plagado de paradojas y contradicciones que desafía las visiones más esquemáticas de los fanáticos siempre listos para las conclusiones simples y maniqueas.

No hay figuras que salgan paradas sin magullones importantes.

En el centro de la escena, por supuesto, se ubica Evo Morales Ayma, el líder cocalero que condujo al país durante 15 años de un inédito crecimiento económico y promoción de derechos para la mayoría indígena del país. Un liderazgo que estuvo marcado desde un comienzo con tintes personalistas y autoritarios que se fueron exacerbando a lo largo del tiempo y que en los últimos años, cuando el modelo económico ya mostraba signos de fatiga, fue el motor que lo impulsó a un intento de perpetuación en el poder vulnerando la propia Constitución modificada bajo su mandato y burlando los resultados de un plebiscito que le había negado la posibilidad de ir por una nueva reelección.

Cualquier mirada honesta sobre la crisis boliviana debería reconocer que fue el mismo Morales del exitoso modelo económico y social el principal artífice de la hecatombe institucional que tuvo a Bolivia y al continente en vilo.

Jeanine Áñez, la polémica Presidenta interina de Bolivia, fue la primera en reconocer rápidamente en la noche del domingo la victoria de Luis Arce.
Jeanine Áñez, la polémica Presidenta interina de Bolivia, fue la primera en reconocer rápidamente en la noche del domingo la victoria de Luis Arce.

Fue Evo quien forzó el fallo -una vez poblado el Tribunal Constitucional con jueces afines- que lo habilitó a ir por un cuarto mandato presidencial, una decisión que, como era lógico, enardeció a las fuerzas opositoras, ante el silencio de los dirigentes progresistas aliados del continente y, vaya paradoja, con un único aval internacional de peso: el de la OEA de Luis Almagro.

En ese clima se llegó a elecciones que estuvieron plagadas de irregularidades certificadas por auditores internos y externos, y un escrutinio provisorio que se suspendió cuando los resultados auguraban un ballotage y se reanudó 24 horas más tarde con un triunfo de Morales por la diferencia mínima necesaria para evitar la segunda vuelta. Ese escándalo llevó a la renuncia del vicepresidente del Tribunal Supremo Electoral y sacó a los oposición a las calles al grito de fraude. Fue Morales quien, lejos de sosegar los ánimos, clamó que se estaba fraguando un golpe en su contra y convocó a los suyos a las mismas calles a defender su reelección. Las principales ciudades bolivianas se transformaron en un infierno durante 20 días en los que se acumularon heridos y muertos de ambos bandos a la espera de una auditoría final de la OEA. Como suele suceder en estos casos, el liderazgo de los opositores también se fue extremando. Del moderado ex presidente Carlos Mesa, que pugnaba por disputar el ballotage con Morales, pasó al duro mandamás del Comité Cívico de Santa Cruz, Luis Fernando Camacho, que pedía la renuncia inmediata del presidente y clamaba venganza contra todo lo que había representado el MAS en el poder.

Cuando el estudio de la OEA finalmente concluyó que había un “cúmulo de irregularidades” que le hacía imposible “validar los resultados” y recomendaba realizar nuevos comicios, Evo trago saliva a regañadientes. “Renuncio al triunfo que he ganado”, anunció en una breve alocución al mediodía del 10 de noviembre, y convocó enseguida a sus bases a movilizarse para nuevos comicios. Todos indicaba que volvería a presentarse a una nueva elección.

Las calles no se calmaron. Los ministros de su gobierno comenzaron a renunciar uno tras otro. La Central Obrera Boliviana, aliada histórica de Morales, pidió públicamente la renuncia del Presidente “por la salud del país”. A Evo se le derrumbaba como un castillo de naipes el edificio sobre el que había construido su poder. El empujón (¿excusa?) final se lo dio el entonces comandante general de las Fuerzas Armadas, Williams Kaliman, al “sugerir” la renuncia de Morales para pacificar el país.

Carlos Mesa también reconoció este lunes el "triunfo contundente" de Arce, a pesar de que el lento escrutinio oficial todavía lo mostraba al frente.
Carlos Mesa también reconoció este lunes el “triunfo contundente” de Arce, a pesar de que el lento escrutinio oficial todavía lo mostraba al frente.

Evo renunció, clamó la profecía autocumplida del golpe de Estado, y con la potencia de esa denuncia pasó de victimario a víctima no sólo para sus simpatizantes sino para buena parte de los observadores lejanos del estallido boliviano.

Fueron poquísimas las voces “del palo”, como Rita Segato, que se atrevieron a sugerir que Morales había caído por “el propio peso de sus errores y excesos” y que “no podía considerarse víctima de un golpe”.

Lo que siguió fue un esperpento.

En medio del vacío de poder, la oposición entronizó desde el Parlamento a la desconocida senadora de una fuerza minoritaria como Presidenta interina. Su única misión: organizar un nuevo proceso electoral. Pero Jeanine Áñez creyó que era su oportunidad histórica de ir por todo. En una escena antediluviana proclamó que “la biblia retorna al Palacio Quemado”, envió a las fuerzas armadas a reimponer el orden a sangre y fuego en las ciudades, ordenó a la Justicia investigar a todos los funcionarios del gobierno saliente y finalmente se proclamó ella misma como candidata presidencial para los nuevos comicios.

Mientras Morales denunciaba persecución y se exiliaba, primero en México y luego en Argentina, llegó la pandemia que obligó a postergar dos veces las elecciones previstas para mayo. Con una economía golpeada y un gobierno inoperante, la tensión política no cedía. La renovada justicia electoral no autorizó a Morales a presentarse como candidato a Presidente ni a senador. El MAS, finalmente, tuvo que resignarse a buscar una alternativa y consagró en su fórmula a Luis Arce, el ex ministro de Economía durante casi todo el gobierno de Evo, de perfil técnico y personalidad retraída, acompañado por el ex canciller de origen aymara David Choquehuanca. Con paciencia y sin descanso salieron a reconstruir y movilizar a las raleadas bases del poder de Evo mientras la oposición no cejaba en su vieja lucha de egos. Una decena de candidatos se lanzaron a la Presidencia y se despellejaron durante la larga campaña.

En la recta final hacia los comicios, esta vez eran las huestes de Evo las que aventaban sospechas. Pero en un nuevo giro inesperado, Añez bajó su candidatura -un último gesto de desprendimiento que no tuvo Camacho- y se corrió de la escena para limitarse a garantizar comicios transparentes. Y lo logró. Otra paradoja de esta historia: la “dictadora” Ánez logró organizar una elección modelo, lo que no pudo el democrático Morales.

Y más: para sorpresa de quienes pensaban que el poder del MAS se extinguiese en ausencia de Evo, el triunfo de Arce fue apabullante.

Luis Arce y David Choquehuanca celebran su victoria
Luis Arce y David Choquehuanca celebran su victoria

Con todo, parece algo miope y bastante pobre el resumen apurado que algunos repiten por estas horas: “Se acabó la dictadura, volvió la democracia en Bolivia”.

Uno no puede menos que preguntarse por qué Evo Morales no apoyó la candidatura de Arce desde un comienzo para que fuese su sucesor y evitar así enrolarse en una loca carrera por la perpetuación, vulnerando una y otra vez las leyes de su país. ¿Arce habría triunfado el año pasado con la misma contundencia de este domingo? Es difícil saberlo. Pura especulación contrafáctica. Pero está claro que en 2019 Morales, Arce o cualquier candidato del MAS cargaba con la mochila del desgaste de un modelo tras 15 años en el poder. Hoy, en cambio, las broncas del electorado contra las penurias que se agudizaron en el último año estaban más repartidas.

¿Habrá aprendido algo Evo Morales de todo este proceso? ¿Cómo será su relación con el próximo presidente? ¿Entenderá que la verdadera consolidación de su legado pasa por consolidar a su fuerza política más allá de su figura? Un reconocido periodista boliviano temía este lunes que no sea así. Que volverá a su país con sed de venganza contra los que lo traicionaron y contra los medios críticos, que será el poder en las sombras de Arce y que trabajará para volver a ser Presidente por 15 años más.

¿Habrá aprendido la oposición que si no depone los apetitos personales y trabaja para conformar una alternativa sólida, plural y democrática le será muy difícil regresar al poder?

Son interrogantes que deja abiertos la crisis boliviana cuando parecería cerrar en un inesperado clima de convivencia democrática su capítulo más oscuro y dramático. Interrogantes que están muy lejos de las declamaciones simples de la hora.

MÁS SOBRE ESTE TEMA:

Quién es Luis Arce, el presidente electo de Bolivia

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